UNA COSA SÉ
UNA COSA SÉ
“Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:25).
Estoy seguro que Ud. conoce la historia. Se encuentra en Juan 9:1-41. Cuando el Señor Jesús y sus discípulos vieron a un hombre ciego de nacimiento, ellos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó éste, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él” (Juan 9:2 y 3).
Dicho esto, el Señor Jesús escupió en la tierra, hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego. Entonces el Señor le dijo que fuera a lavarse al estanque de Siloé. Esto no fue fácil para un hombre ciego, pero cuando lo hizo, recibió la vista. El hecho de que esto sucedió en el día de reposo creó disensión entre los fariseos (Juan 9:14).
El propósito de este estudio breve es mostrar que uno puede ser testigo poderoso de Dios aunque no tenga dinero, ni educación, ni posición social, ni popularidad. Ya que este hombre nació ciego, obviamente no asistió a la escuela ni tenía ninguna habilidad que le ayudaría a ganarse la vida. Era mendigo (Juan 9:8). Aunque este mendigo no era una autoridad en cuanto a las Escrituras, aún era capaz de dar un testimonio poderoso desde el primer día en que conoció al Señor Jesús. Este hombre no sabía mucho, pero sí sabía algo. ¡Su testimonio fue poderoso! Él dijo: “habiendo yo sido ciego, ahora veo”.
SUS VECINOS
Primero ese hombre testificó a sus vecinos y a los que lo habían visto mendigando. Ellos preguntaron: “¿No es éste el que se sentaba y mendigaba? Unos decían: Él es; y otros: A él se parece. Él decía: Yo soy” (Juan 9:8 y 9).
Cuando querían saber cómo fueron abiertos sus ojos, él meramente les dijo lo que había sucedido: “Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista” (Juan 9:11).
¡Note, por favor, qué sencillo fue esto! No requirió ninguna inteligencia, ningún estudio, y ninguna memorización. Simplemente, contó lo que sabía. ¡Sabía que había sido ciego, y que había recibido la vista!
LOS FARISEOS
Cuando los fariseos le preguntaron cómo recibió la vista, simplemente dijo que el Señor Jesús “Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo” (Juan 9:15).
¡Mientras decimos la verdad, no tenemos que preocuparnos por la posibilidad de contar algo distinto que sea contradictorio!
Entonces los fariseos comenzaron a discutir entre ellos mismos. Algunos dijeron que el Señor Jesús no podía ser de Dios porque violó el día de reposo, mientras otros preguntaron: “¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales?” (Juan 9:16).
“Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta” (Juan 9:17).
SUS PADRES
“Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista, y les preguntaron, diciendo: ¿Es este vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él ” (Juan 9:18-23).
OTRA VEZ ANTE LOS FARISEOS
“Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo; Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo. Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? Él les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos?” (Juan 9:24-27).
“Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer.
Respondieron y le dijeron: Tú naciste del todo en pecado, ¿y nos enseñas a nosotros? Y le expulsaron” (Juan 9:28-34).
EL SEÑOR JESÚS LE HALLÓ
El Señor Jesús es el buen pastor que busca a las ovejas perdidas (Lucas 15:3-7). ¡Es una bendición maravillosa ser encontrado por el Señor Jesús! “Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios? Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él? Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es. Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró” (Juan 9:35-38).
EL PODER DEL TESTIMONIO
Este hombre era la autoridad más grande del mundo con respecto a lo que le había sucedido. Él sabía más acerca de esto que los discípulos, sus vecinos, sus padres, y el fariseo más inteligente. ¡Sabía que era ciego y ahora podía ver! Nadie podía hacerle decir otra cosa.
El libro de Apocalipsis nos dice: “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él. Entonces oí una gran voz en el cielo, que decía: Ahora ha venido la salvación, el poder, y el reino de nuestro Dios, y la autoridad de su Cristo; porque ha sido lanzado fuera el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios día y noche. Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:9-11).
No todos podemos testificar sobre la curación física, pero todos nosotros que hemos encontrado al Señor Jesús podemos decir algo:
- Cuando Andrés conoció al Señor Jesús, la primera cosa que hizo fue encontrar a
su hermano y decirle: “Hemos hallado al Mesías” (Juan 1:41).
- Andrés también trajo al Señor Jesús a un muchacho que tenía cinco panes y dos pececillos (Juan 6:8 y 9).
- Cuando algunos griegos querían ver al Señor Jesús, Andrés y Felipe se lo dijeron a él (Juan 12:20-22).
- Cuando Felipe conoció al Señor Jesús, halló a Natanael y le dijo: “Hemos
hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret” (Juan 1:45).
- La mujer samaritana trajo a muchas personas de su ciudad para oír al Señor
Jesús. “Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por la palabra de la mujer, que daba testimonio” (Juan 4:39).
- Lázaro, al cual el Señor Jesús levantó de los muertos, también dio un testimonio
poderoso. “Gran multitud de los judíos supieron entonces que él estaba allí, y vinieron, no solamente por causa de Jesús, sino también para ver a Lázaro, a quien había resucitado de los muertos. Pero los principales sacerdotes acordaron dar muerte también a Lázaro, porque a causa de él muchos de los judíos se apartaban y creían en Jesús” (Juan 12:9-11).
- Cuando María Magdalena vio al Cristo resucitado, se fue a decir a los discípulos
que ella había visto al Señor (Juan 20:18). Es interesante y significativo a la vez que el Señor Jesús aparecería “primero” a ella (Marcos 16:9).
- Cuando Pedro y Juan sanaron a un hombre cojo de nacimiento, el milagro fue tan
obvio que no había nada que los enemigos del Señor Jesús podían hacer (Hechos 3:1-10; 4:14). El pueblo estaba alabando a Dios por ese milagro, porque el hombre tenía más de 40 años así (Hechos 4:21 y 22).
- El testimonio personal de Pablo se encuentra 3 veces en el libro de los Hechos
(capítulos 9, 22, y 26).
- Pablo animó a Timoteo: “Por tanto, no te avergüences de dar testimonio
de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo” (2 Timoteo 1:8).
- Por favor, ¡no se avergüence de dar testimonio acerca de lo que el Señor Jesús ha
hecho por Ud.! El Señor Jesús dijo: “Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles” (Lucas 9:26).
VAYA A SU CASA, A LOS SUYOS
(Véase Marcos 5:1-20.)
- El Señor Jesús cruzó al otro lado del mar a la región de los gadarenos.
- De los sepulcros vino a su encuentro un hombre con un espíritu inmundo.
- Muchas veces había sido atado con grillos y cadenas, mas las cadenas habían sido
hechas pedazos por él.
- Siempre de día y de noche andaba dando voces e hiriéndose con piedras.
- Este hombre tenía una legión de demonios.
- El Señor Jesús echó fuera esos demonios y los permitió que entraran en un gran
hato de cerdos.
- Los cerdos eran como 2000 y se precipitaron en el mar por un despeñadero y se
ahogaron.
- El pueblo rogó al Señor Jesús que se fuera de la región.
- El hombre que fue sanado por el Señor Jesús rogó que le dejase estar con él.
- “Mas Jesús no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a tu casa, a los
tuyos, y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo, y cómo ha tenido misericordia de ti. Y se fue, y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él; y todos se maravillaban” (Marcos 5:19 y 20).
ESTO ES UN BUEN LUGAR PARA COMENZAR.
“VETE A TU CASA, A LOS TUYOS, Y CUÉNTALES CUÁN GRANDES COSAS
EL SEÑOR HA HECHO CONTIGO” (Marcos 5:19)