Boyce Mouton
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LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

Boyce Mouton · 2 pages · 738 words

LA UNIDAD DEL ESPÍRITU

“Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo

de la paz” (Efesios 4:3).

Note que debemos “guardar” la unidad del Espíritu. La unidad entre los creyentes no proviene del hombre, sino del Espíritu Santo. Por supuesto, esta unidad se experimenta en la iglesia. Nadie puede “hacerse miembro” de la iglesia del Señor Jesucristo, sino tenemos que ser “añadidos” por el Señor (Hechos 2:47). El Espíritu Santo está involucrado también en este proceso. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Corintios 12:13).

El Espíritu “crea” esta unidad, pero nosotros tenemos que “guardarla”.

Por ejemplo, véase el caso de Filemón y Onésimo. Su historia se encuentra en la carta de Pablo a Filemón. Filemón era un amigo amado y colaborador de Pablo. Él vivió en Colosas. Onésimo era su esclavo y aparentemente, había robado algo de su amo y huyó a Roma. En ese momento, Pablo estaba preso en Roma y convirtió a Onésimo a Cristo. El nombre “Onésimo” quiere decir “útil”. Antes Onésimo había sido “inútil” pero ahora como cristiano era “útil” para Pablo y Filemón (versículo 11).

Pablo insistió que Onésimo regrese a su amo, ya no como esclavo, sino mejor que un esclavo, como un amado hermano (versículo 16). Si Onésimo tuviera una deuda con su amo, Pablo prometió que la pagaría personalmente (versículo 18).

La distancia entre Colosas y Roma es aproximadamente 1300 kilómetros. No obstante, cuando Onésimo fue bautizado en Cristo, inmediatamente fue unido espiritualmente con su amo que estaba lejos de Roma. No iba a ser fácil “guardar” esa unidad. Había muchas barreras que tendrían que ser superadas o quitadas. Por eso, Pablo escribió: “Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz” (Efesios 4:1-3).

Un desafío aun más serio involucraba el “guardar la unidad del Espíritu” entre los judíos y los gentiles. Pablo escribió: “Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecho con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación” (Efesios 2:11-14).

El problema entre los judíos y los gentiles era especialmente serio en Éfeso porque el templo de Diana estaba ubicado allí. Este templo pagano era uno de las siete maravillas del mundo antiguo. Los artesanos que hacían imágenes de plata de esa diosa, acusaron a Pablo de desacreditarla y destruir su majestad (Hechos 19:27). Ellos instigaron un motín que afectó la ciudad entera.

Podemos aprender acerca de la vida depravada de esos paganos por las palabras que Pablo escribió a los santos en Éfeso: “Esto, pues, digo y requiero en el Señor: que ya no andéis como los otros gentiles, que andan en la vanidad de su mente, teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios por la ignorancia que en ellos hay, por la dureza de su corazón; los cuales, después que perdieron toda sensibilidad, se entregaron a la lascivia para cometer con avidez toda clase de impureza” (Efesios 4:17-19).

La cuestión es, ¿cómo podemos “guardar la unidad del Espíritu” en nuestras propias vidas? Vivimos en un mundo dividido. La división involucra esposos y esposas, padres e hijos, vecinos y amigos. Si somos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, el momento en que uno de nuestros enemigos es convertido, estamos automáticamente unidos, el uno con el otro, en la familia de Dios. ¿Guardaremos esa unidad? ¿Tendremos el valor para superar el impulso carnal de discutir y odiar, o haríamos lo que Filemón hizo y dar la bienvenida a los que nos han hecho daño, como un amado hermano en Cristo?

Tenemos que ser “Solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz”.