Boyce Mouton
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EL MONTE SANTO

Boyce Mouton · 9 pages · 4,264 words

EL MONTE SANTO

“Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, sino como habiendo visto con nuestros propios ojos su majestad. Pues cuando él recibió de Dios Padre honra y gloria, le fue enviada de la magnífica gloria una voz que decía: Este es mi hijo amado en el cual tengo complacencia. Y nosotros oímos esta voz enviada del cielo, cuando estábamos con él en el monte santo” (2 Pedro 1:16-18).

¡Algo significativo sucedió en el “monte santo”! A ver si podemos descubrir lo que era.

Pedro escribió esas palabras inspiradas siendo ya de edad y se describió como “anciano . . . y testigo de los padecimientos de Cristo” (1 Pedro 5:11). Pedro no sólo era testigo de los padecimientos de Cristo, sino también de los milagros del Señor Jesús. Como Ud. ya sabe, el primer milagro fue el cambiar el agua en vino y Pedro estaba presente. En aquel momento, Pedro se unió a los demás discípulos del Señor Jesús y “creyeron en él” (Juan 2:11.) Además de ser testigo de aquel milagro, básicamente, Pedro fue testigo de todos ellos. Recuerde que cuando alguien fue escogido para reemplazar a Judas, era necesario “que de estos hombres que han estado juntos con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre nosotros, comenzando desde el bautismo de Juan hasta el día en que de entre nosotros fue recibido arriba, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección” (Hechos 1:21 y 22). ¡Pedro cumplió con esos requisitos! Por supuesto, vio todos los milagros que el Señor Jesús hizo. Estuvo presente cuando hizo ver al ciego, sanó a los cojos y a los sordos y resucitó a los muertos, etc. Pedro aun hizo sus propios milagros únicos. Fue Pedro que anduvo sobre las aguas (Mateo 14:29), que encontró una moneda en la boca de un pez (Mateo 17:24-27), y que oyó un gallo que le hizo recordar una profecía del Señor Jesús (Mateo 26:74 y 75). Además, el Señor Jesús resucitado apareció a Pedro primero antes de que apareciera a los doce (1 Corintios 15:5). Los apóstoles son nombrados 4 veces en las Escrituras y cada vez Pedro es el primero (Mateo 10:2-4; Marcos 3:16-18; Lucas 6:12-16, y Hechos 1:13). ¡Obviamente, el testimonio de Pedro era importante!

No obstante, ¡por lo visto, Pedro consideraba todo el “testimonio” que vio al seguir al Señor Jesús por tres años como secundario a lo que experimentó en el monte santo!

Lo que vio y oyó en el monte santo fue lo único que mencionó que le convenció que no estaba siguiendo a fábulas artificiosas. Nuestro texto es tomado de la segunda carta de Pedro que dirigió a “los que habéis alcanzado, por la justicia de nuestro

Dios y Salvador Jesucristo, una fe igualmente preciosa que la nuestra” (2 Pedro 1:1). Así que Pedro no estaba diciendo a esos hermanos algo nuevo, sino solamente estaba “haciéndoles recordar” al “despertarlos con amonestación” (2 Pedro 1:12 y 13). Como ya hemos mencionado, lo que Pedro experimentó en el monte santo, de alguna manera tomó precedencia sobre todo lo demás. Demos un vistazo más cercano a lo que pasó en aquel monte y trataremos de entender por qué.

LA HISTORIA DE AQUEL ACONTECIMIENTO

Pedro era uno de los primeros discípulos. Empezó a seguir al Señor Jesús en Betábara, al otro lado del Jordán donde Juan estaba bautizando (Juan 1:28-42). Por supuesto, eso fue antes de las bodas en Caná de Galilea donde el Señor Jesús cambió el agua en vino (Juan 2:1-11). Así que, cuando sucedía nuestro texto, Pedro había seguido al Señor Jesús durante más de dos años. No obstante, ninguno de los discípulos entendía que era necesario que el Señor Jesús fuera resucitado de entre los muertos en Jerusalén.

El Señor Jesús sí hizo una referencia velada a su muerte y resurrección cuando echó fuera del templo las ovejas y los bueyes. En aquel momento, los judíos exigieron una señal milagrosa y el Señor Jesús dijo: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré” (Juan 2:19). No obstante, los discípulos no entendieron lo que quería decir hasta después de que fuera resucitado de entre los muertos.

Antes de decir a sus discípulos que tenía que morir, el Señor Jesús los llevó a Cesarea de Filipo. Esa ciudad estaba en el norte de Israel cerca de la ciudad de Dan. La expresión “desde Dan hasta Beerseba” se utilizó para abarcar la totalidad de la tierra prometida del norte al sur (1 Samuel 3:19 y 20). Esa ciudad malvada originalmente era conocida como Paneas porque era el centro de adoración del dios griego Pan. Fue nombrada Cesarea de Filipo por Herodes Felipe, el hijo de Herodes el Grande en honor a César Augusto. Como Ud. ya sabe, César se consideraba un dios. Es interesante que el Señor Jesús llevara a sus discípulos a Cesarea de Filipo dado que esa ciudad pagana era tan vil y corrompida que los rabinos ortodoxos sentían que ningún judío devoto debería ir allí.

El monte Hermón es el monte más alto de Israel que alcanza hasta 2814 metros sobre el nivel del mar. Cesarea de Felipo estaba ubicado al pie del monte Hermón junto a un despeñadero conocida como “la roca de los dioses”. Tenía aproximadamente 30 metros de altura y 150 metros de ancho. El despeñadero fue nombrado por los muchos altares a dioses paganos que se encontraban allí. En medio del despeñadero había una cueva grande de la cual fluía un arroyo. Ese arroyo era uno de tres fuentes que formaron el río Jordán. Dentro de la cueva había un estanque tan profundo que no se podía medirlo. La cueva se llamaba “Las puertas de Hades” porque se creía que Baal entraba y salía del infierno por ellas. Es significativo recordar que allí en ese

despeñadero, y esa cueva, el Señor Jesús prometió edificar Su iglesia sobre “esta roca” y que las puertas de Hades no prevalecerían contra ella (Mateo 16:18). ¡La deidad del Señor Jesús es esa roca! Él es el único fundamento sobre el cual se puede edificar Su iglesia (1 Corintios 3:11). ¡Nada podría y nada podrá prevalecer contra el Señor Jesús!

Al lado de la cueva había un gran nicho con una estatua del dios Pan. Sus adoradores tuvieron mucho miedo de él, y de su nombre se deriva la palabra “pánico”. Pan fue retratado como mitad cabra y mitad hombre con un falo erecto. La adoración de Pan involucraba actividad sexual extraña incluso copulando con animales.

Fue ese ambiente malvado que el Señor Jesús eligió para preguntar a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Contestaron: Juan el Bautista, Elías, Jeremías, o uno de los profetas. Cuando Él les preguntó: Y vosotros ¿quién decís que soy yo?, Pedro respondió: Tu eres el Cristo, el hijo del Dios viviente (Mateo 16:16). Note que solamente después de que la identidad del Señor Jesús fue claramente establecida se nos dice: Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto, y resucitar al tercer día (Mateo 16:21).

Es cuando “Pedro, tomándolo aparte, comenzó a reconvenirle, diciendo: Señor, ten compasión de ti; en ninguna manera esto te acontezca.”

Es cuando “él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí Satanás; me eres tropiezo porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres” (Mateo 16:22 y 23).

EN EL MONTE SANTO

La transfiguración del Señor Jesús en el monte santo tuvo lugar pocos días después de Su salida de Cesarea de Filipo. Por alguna razón, el Señor Jesús eligió llevar consigo solamente a Pedro, Jacobo, y Juan. La historia está escrito en Mateo 17:1-13; Marcos 9:2-13; and Lucas 9:28-36. En cada caso el relato de Su transfiguración está precedido por la confesión de Pedro y la predicción clara del Señor Jesús de Su muerte. La conexión de estos acontecimientos al monte santo es importante. Por ejemplo, el hecho de que Moisés y Elías hablaron con el Señor Jesús de Su muerte en Jerusalén sería instrumental en proveer una garantía que la muerte del Señor Jesús estaba en armonía con la ley y los profetas. El hecho de que el Señor Jesús prohibió a esos tres discípulos contar lo que pasó en ese monte podría ayudar en explicar por qué los discípulos discutían entre sí sobre quién de ellos era el más grande (Marcos 9:9, 33-37).

Lo que sigue es una compilación de lo que dicen las Escrituras acerca de lo que sucedió en el monte santo. Comenzaremos con la historia completa de Mateo y luego insertaremos citas de Marcos y Lucas cuando sea apropiado:

“Seis días después, Jesús tomó a Pedro, a Jacobo y a Juan su hermano, y los llevó aparte (solos – Marcos) a un monte alto; y se transformó delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. (la apariencia de su rostro se hizo otra – Lucas) y sus vestidos se hicieron blancos como la luz. (Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos – Marcos). (Y su vestido (se hizo) blanco y resplandeciente – Lucas). Y he aquí les aparecieron Moisés y Elías, hablando con él. (Hablaban de su partida, que iba a cumplir en Jerusalén. Y Pedro y los que estaban con él estaban rendidos de sueño; mas permaneciendo despiertos, vieron la gloria de Jesús, y a los dos varones que estaban con él – Lucas). Entonces Pedro dijo a Jesús; Señor, bueno es para nosotros que estemos aquí; si quieres, hagamos aquí tres enramadas: una para ti, otra para Moisés, y otra para Elías. (Porque no sabía lo que hablaba, pues estaban espantados – Marcos.) (no sabiendo lo que decía – Lucas). Mientras él aún hablaba, una nube de luz los cubrió; (Entonces vino una nube que les hizo sombra – Marcos), y he aquí una voz desde la nube, que decía: Éste es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia, a él oíd. Al oír esto los discípulos, se postraron sobre sus rostros, y tuvieron gran temor. Entonces Jesús se acercó y los tocó, y dijo: Levantaos y no temáis. Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino a Jesús solo. Cuando descendieron del monte, Jesús les mandó, diciendo: No digáis a nadie la visión, hasta que el Hijo del Hombre resucite de los muertos. (Y guardaron la palabra entre sí, discutiendo qué sería aquello de resucitar de los muertos – Marcos). Entonces sus discípulos le preguntaron, diciendo: ¿Por qué, pues, dicen los escribas que es necesario que Elías venga primero? Respondiendo Jesús, les dijo: A la verdad, Elías viene primero y restaurará todas las cosas. Mas os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron; así también el Hijo del Hombre padecerá de ellos. Entonces los discípulos comprendieron que les había hablado de Juan el Bautista. (ellos callaron, y por aquellos días no dijeron nada a nadie de lo que habían visto – Lucas). (Mateo 17:1-13).

LA TRANSFIGURACIÓN

Dos veces se nos dice que el Señor Jesús fue “transfigurado” en el monte santo (Mateo 17:2; Marcos 9:2). La palabra griega empleada en ambas ocasiones es

“metamorfosis” de donde viene la palabra inglesa “metamorphosis” que significa “cambio de forma”. Se usa para describir lo que sucede cuando una oruga “cambia de forma” a una mariposa. Algo radical sucede a la oruga y algo radical sucedió al Señor Jesús. Un momento aparecía como siempre y de repente su rostro resplandeció como el sol y su ropa era tan brillante como la luz. Esa transformación dramática causó una impresión profunda a Pedro. ¡Recuerde! Lo que pasó en aquel monte santo convenció a Pedro que no estaba siguiendo a fábulas artificiosas.

Para su información, la misma palabra griega “metamorfosis” también se usa dos veces para describir la transformación de los creyentes:

“No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2). “Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor” (2 Corintios 3:18).

Algo radical sucede a un nuevo creyente, igualmente como algo radical sucede a una oruga, y algo radical sucedió al Señor Jesús. La transformación de un creyente de las “obras de la carne” al “fruto del Espíritu” es obvio (Gálatas 5:19-26).

VENIR CON PODER

Note una vez más el texto: “Porque no os hemos dado a conocer el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo siguiendo fábulas artificiosas, . . .”. La palabra “poder” está mencionada muchas veces en la Biblia. Según Marcos, poco antes de la transfiguración del Señor Jesús, les dijo a sus discípulos: “De cierto os digo que hay algunos de los que están aquí, que no gustarán la muerte hasta que hayan visto el reino de Dios venido con poder” (Marcos 9:1). Según Lucas, poco antes de la transfiguración, el Señor Jesús dio a los doce “poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades” (Lucas 9:1).

Obviamente, Pedro tenía algún concepto de poder antes de subir al monte santo. No obstante, en el monte fue expuesto a una dimensión distinta de poder. De alguna manera misteriosa, el poder de Dios se manifiesta en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9). El Señor Jesús no fue a Jerusalén para llevar armas e iniciar una guerra. Eso es lo que Barrabás hizo (Marcos 15:7). El Señor Jesús fue a Jerusalén para morir. Explicó que “si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto” (Juan 12:24).

Piense en ello. El Señor Jesús no vino a la tierra como un guerrero poderoso, sino como un infante indefenso. Cuando los soldados vinieron a arrestarlo, Él pudo haber llamado a más de doce legiones de ángeles y totalmente destruir a todos ellos, pero no lo hizo (Mateo 26:53). Moisés y Elías no hablaban con el Señor Jesús de una

guerra física, sino hablaron con Él acerca de una guerra espiritual. No hablaban acerca de la muerte de sus enemigos, sino hablaron con el Señor Jesús acerca de Su propia muerte (Lucas 9:31). Alabado sea el Señor, ahora sabemos que fue por medio de la muerte que el Señor Jesús destruyó a él que tenía el poder de la muerte, es decir, al diablo (Hebreos 2:14).

Desgraciadamente, en ese momento, Pedro no entendió el significado de aquella experiencia. Por ejemplo, algún tiempo más tarde el Señor Jesús repitió a Sus discípulos lo que les había dicho en Cesarea de Filipo. Les dijo otra vez que tenía que ir a Jerusalén y “será entregado en manos de hombres y le matarán, pero después de muerto, resucitará al tercer día”, “Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle” (Mateo 9;32). También Lucas registra que después de Cesarea de Filipo, el Señor Jesús les dijo otra vez a Sus discípulos que tenía que morir, pero “ellos nada comprendieron de estas cosas, y esta palabra les era encubierta, y no entendían lo que se les decía” (Lucas 18:34). Aun hasta el tiempo en que el Señor Jesús fue arrestado, Pedro continuaba su búsqueda de evitar la muerte del Señor Jesús y desenfundó su espada e hirió al siervo del sumo sacerdote que se llamaba Malco, cortándole la oreja derecha (Juan 18:10 y 11).

No obstante, más tarde, por fin, Pedro reconoció lo que verdaderamente quería decir “el poder y la venida de nuestro Señor Jesucristo”. Prestó atención a las palabras que oyó en ese monte como una antorcha que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones (2 Pedro 1:18). Pedro quería que nosotros hagamos lo mismo. También nos dice que prestemos atención a la palabra profética hasta que el día esclarezca en nuestras mentes, y el lucero de la mañana salga en nuestros corazones. Un día, por fin, Pedro entendió lo que el Señor Jesús había tratado de decirle por mucho tiempo. ¡Algún día la misma verdad podría manifestarse en nosotros! Necesitamos abrir nuestros ojos a la supereminente grandeza de su poder (Efesios 1:19). El poder de Dios es verdaderamente poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 1:20).

DIOS HABLÓ DEL CIELO

Cuando Pedro vio a Moisés y a Elías hablando con el Señor Jesús, quería construir tres enramadas, una para Moisés, una para Elías, y una para el Señor Jesús. En aquel momento Dios habló del cielo y corrigió a Pedro. Recuerde que cuando el Señor Jesús fue bautizado, Dios también habló desde el cielo y dijo: “Éste es mi hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17). Después de que Pedro sugirió construir 3 enramadas, Dios otra vez habló desde los cielos y básicamente dijo lo mismo. No obstante, esta vez además dijo: A él oíd. ¡Note! “Éste es mi hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd” (Mateo 17: 5). Lo más importante es: El Señor Jesús toma precedencia sobre Moisés y Elías. Tenemos que “oírlo” antes de oír a cualquier otro. El Señor Jesús explica la ley y los profetas, no al revés. ¡Qué sencillo! ¡Qué profundo! Cuando oímos al Señor Jesús, la ley y los profetas se enfocan claramente. Como ya hemos dicho, el Señor Jesús es el único fundamento sobre el cual se puede construir con éxito Su iglesia. Note: “Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo” (1 Corintios 3:11).

MANÁ FRESCO

Hay muchas lecciones que podemos aprender de lo que sucedió en el monte santo. Aunque aquel encuentro tuvo lugar hace 2000 años, he aquí una lección que es tan fresca como el rocío de la mañana. Los hebreos en el desierto fueron mandados a recoger el maná cada día. Cuando no obedecieron, encontraron que el maná del día anterior “crió gusanos, y hedió” (Éxodo 16:20).

Esta ilustración del maná fresco nos ayuda a meditar acerca de la evidencia fresca. La transformación de un incrédulo es evidencia fresca. Por supuesto, no hay nada malo de citar como evidencia los milagros hechos por el Señor Jesús ya hace 2000 años. Juan registró los milagros del Señor Jesús para precisamente este propósito (Juan 20:31). No obstante, es difícil probar esos milagros antiguos a personas de nuestra propia generación. Es especialmente difícil probar a personas analfabetas. Si esperamos que la gente analfabeta crea algo sólo porque decimos que es así, estamos estableciendo un precedente peligroso. Esta es la manera en que los líderes de sectas falsas y los maestros falsos engañan a los “indoctos e inconstantes” (2 Pedro 3:15 y 16).

Hay alrededor de 7000 idiomas en el mundo hoy. De ellos, casi 4000 tienen un sistema para escribirlo y más de 3000 no lo tiene. No obstante, el hecho de que una persona habla un idioma que tiene un sistema para escribirlo, no quiere decir que todos los que hablan ese idioma sepan leerlo. Por ejemplo, el inglés es un idioma escrito bien conocido pero los estadístas nos dicen que aun en los EUA, 32% son funcionalmente iletrados.

Así que en el mundo real, ¿cómo explicaría Ud. un milagro que sucedió hace 2000 años? Obviamente, sería muy difícil. La Biblia es verdadera, pero producir manuscritos antiguos para probarla a personas que no saben leer o escribir, no sería práctico. Se dice que 775 millones de personas en el mundo están en esta categoría. No obstante, no es difícil señalar personas que han sido “transformadas” por el “poder” del Señor Jesús. Conversos verdaderos son numerosos en toda nación, tribu y lengua. La “evidencia” que estos creyentes producen es como maná fresco para la gente nueva quienes son convertidos a Cristo cada día. Quizás esto sea una razón porqué Pedro pone énfasis en su relato como testigo de la “transfiguración” como prueba que no estaba siguiendo fábulas artificiosas.

Un misionero, amigo mío, estaba trabajando con una tribu que se dice era 97% iletrada. Me dijo que “el poder del evangelio” era la manera más sencilla para convencer a los incrédulos de la tribu a recibir a Cristo. Por ejemplo, dijo que cuando el jefe de la aldea deje de fumar opio, y deje de golpear a su esposa, todos de la aldea inmediatamente toman nota. “Una ciudad sentada sobre un monte no se puede esconder.”

LA IDENTIDAD VERDADERA DEL SEÑOR JESÚS

Como ya hemos señalado, Pedro correctamente dijo: “Tu eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Mateo 16:16). La cuestión es, ¿qué entendió Pedro por esas palabras? La palabra “Cristo”, como ya sabemos, viene de la palabra griega

“christos” que quiere decir “ungido”. Equivale a la palabra hebrea “mashiach” o “Mesías” que puede también significar “ungido”.

No obstante, había muchos “ungidos” además del Señor Jesús.

Aarón, el sumo sacerdote, fue ungido (Éxodo 29:7) como también todos los sumo sacerdotes (Levítico 16:32). Todos los reyes de Israel fueron ungidos: Saulo (1 Samuel 10:1); David (1 Samuel 16:13); Salomón (1 Reyes 1:39), etc. Dios le dijo a Elías que “ungiera” a Hazael como rey de Siria, a Jehú, como rey sobre Israel, y Eliseo para que sea profeta en su lugar (1 Reyes 19:15 y 16). Dado que muchas personas fueron “ungidas”, no es claro qué quería decir Pedro cuando dijo que el Señor Jesús era el “Cristo” o “el Ungido” de Dios. Ni podemos saber con certeza qué quería decir Pedro cuando le llamó al Señor Jesús “El Hijo del Dios viviente”. Note que inmediatamente después de hacer esa “buena confesión”, Pedro reprendió al Señor Jesús (Mateo 16:22). ¡Tal rebelión es inconcebible a cualquier persona que tenga un entendimiento correcto de quién es el Señor Jesús! ¡LA VERDAD DEL ASUNTO ES QUE EL SEÑOR JESÚS NO ERA

SOLAMENTE EL HIJO DE DIOS, SINO ERA DIOS! Parece que cuando por fin Pedro reconoció eso, asoció esa verdad revolucionaria con lo que vio y oyó en el monte santo. Obviamente, ¡fue inolvidable! Era algo que debía haber meditado una y otra vez. Imagínese cómo sería ver el rostro del Señor Jesús resplandecer como el sol y sus vestidos hacerse blancos como la luz. Imagínese como sería actualmente ver a Moisés y Elías. Imagínese como sería oír la voz de Dios hablar desde los cielos. La misma idea de que el Creador del universo tan vasto condescendería a hacerse hombre en nuestro pequeño planeta es casi incomprensible. ¡Es aún más increíble que Dios encarnado se permitiera ser azotado, abusado, y crucificado! Sin embargo, esto es la esencia misma de la fe cristiana. Por eso, el Señor Jesús no era solamente “uno de muchos Cristos”, sino ¡era y es “EL CRISTO”! No era solamente “el Hijo de Dios”, sino ¡era Dios! Esta verdad era tan importante que Juan comenzó su evangelio al proclamar: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios” Juan 1:1). ¡El paso de transición entre creer que el Verbo “era” con Dios y que “el Verbo ERA Dios” es gigantesco! De hecho, no puede ser realizado sin la ayuda del Espíritu Santo porque “nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo” 1 Corintios 12:3). Cuando un cierto hombre principal preguntó al Señor Jesús “Maestro bueno, qué haré para heredar la vida eterna?, el Señor Jesús inmediatamente quería saber qué quería decir por esas palabras. El Señor Jesús dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno, sino sólo Dios” (Lucas 18:19). El hombre principal dijo las palabras correctas, como Pedro hizo en Cesarea de Filipo. La cuestión

es si cualquier de los dos verdaderamente entendía qué decía. ¿Entendía el hombre principal que el Señor Jesús verdaderamente era Dios? Tratar de entender o explicar el misterio de la Deidad no está al alcance de la mente finita. Es como tratar de entender “infinidad” o “eternidad”. Podemos, de alguna manera, concebir de distancia al referir a millones de millones de “años luz”, pero no podemos verdaderamente entender distancia que no tiene ni principio ni fin. También podemos concebir el tiempo al referirnos a millones de millones de años. No obstante, otra vez nos falta la capacidad mental para entender eternidad que no tiene ni principio ni fin. Entonces ¿cómo puede nuestro Dios infinito caber en nuestra mente finita? ¡No puede! No obstante, cuando el Señor Jesús se encarnó, Él representa al hombre todo lo que la mente finita puede comprender. Así que Pablo advirtió a los colosenses: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad” (Colosenses 2: 8 y 9). “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria” (1 Timoteo 3:16). _____________ Este estudio breve fue escrito por Boyce Mouton. ¡Los derechos no son reservados! Se puede usar este material, sin alteraciones, en su totalidad o en partes para la gloria de Cristo y la expansión de Su reino.