Boyce Mouton
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EL MATRIMONIO

Boyce Mouton · 2 pages · 697 words

EL MATRIMONIO

“. . . el casado tiene cuidado . . . de cómo agradar a su mujer” (1 Corintios 7:33).

“. . . la casada tiene cuidado . . . de cómo agradar a su marido” (1 Corintios 7:34).

■ La palabra española para “mujer” es “esposa”.

■ La palabra española para “maniatar” es “esposar”.

■ Conclusión: En el idioma hispano se compara el “matrimonio” con “estar esposado”.

■ ¡Tienen razón!

La mañana después de casarse es bastante distinta a la mañana anterior. Antes de casarse, el hombre estaba libre de pensar solamente en sí mismo. Después, él está “unido de por vida” a su mujer. Los dos, el marido y su mujer, invariablemente tienen su propia rutina para prepararse para el día. Sin embargo, después de casarse, cada cónyuge invariablemente está “incomodado”. Esto es el plan de Dios. De algún modo misterioso, la abnegación personal requerida por el matrimonio nos ayuda a ser como el Señor Jesucristo. Para que tenga éxito el matrimonio, el marido y la mujer deben negarse a sí mismos y esforzarse para “agradar” al otro. O como Pablo lo expresó: “Someteos unos a otros en el temor de Dios” (Efesios 5:21).

Esta abnegación incómoda involucra todo. Incluye armar el despertador, ocupar el baño, preparar el desayuno, planear el día, y casi toda actividad con respecto a la vida diaria. ¡Recuerde! El marido debe tratar de agradar a su mujer y la mujer debe tratar de agradar a su marido. Por supuesto, los papeles dados por Dios al marido y a la mujer son distintos.

■ El marido irreprensible provee por su familia (1 Timoteo 5:8).

■ La mujer irreprensible considera los caminos de su casa, y no come el pan de balde (Proverbios 31:27).

■ El marido piadoso amará a su mujer así como Cristo amó a la iglesia (Efesios 5:25).

■ La casada piadosa se sujeta a su marido como la iglesia está sujeta a Cristo (Efesios 5:24).

El “misterio” profundo del matrimonio en realidad refleja la relación entre Cristo y la iglesia (Efesios 5:32). Así como hacemos cosas que no queremos hacer solamente para agradar a nuestro cónyuge, también hacemos cosas que no queremos hacer

solamente para agradar a Cristo. Esto es lo que define el matrimonio. Esto es lo que define el cristianismo. No importa si no le gusta leer la Biblia, orar, o asistir a las reuniones de la iglesia. Dado que Ud. está unido a Cristo, tendrá que hacer las cosas que le gusta a él.

El libro de Hebreos nos hace recordar que aún no hemos resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado (Hebreos 12:4). Este sufrimiento e incomodidad mínimo que sobrellevamos para agradar a Cristo es insignificante comparado con el dolor que Cristo sufrió en una cruz. ¡Recuerde! “. . . y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Corintios 5:15).

Quizás conozca el dicho: “Si mamá no está contenta, nadie está contenta!” ¡Esto es cierto! Cuando los casados hacen cosas solamente para agradarse a sí mismos, están desobedeciendo los mandatos de Cristo. Sin embargo, cuando nos negamos a nosotros mismos para agradar a nuestro cónyuge, la paz que experimentamos vale la pena. En contra de toda la sabiduría humana, en realidad encontramos mayor felicidad en servir a nuestro cónyuge que experimentamos sirviendo a nosotros mismos. ¡Los tacaños invariablemente están miserables!

Las Escrituras nos hacen recordar que por el gozo puesto delante de él, el Señor Jesús sufrió la cruz (Hebreos 12:2). Esta verdad profunda durará bajo el escrutinio más cuidadoso. Nadie nunca lamenta haber obedecido a Dios. Afortunadamente, Cristo oró la oración apropiada cuando dijo a su Padre: “Hágase tu voluntad.” ¡Nunca lamentaremos haber dicho esa misma oración!

Uno de los aspectos más maravillosos del matrimonio es su finalidad. Los votos matrimoniales son para tiempos malos o tiempos buenos, en enfermedades o en sanidad, en pobreza o en riqueza, hasta que la muerte nos separe. Sin importar lo que pase, el Señor Jesucristo nos ha prometido que “no te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Venga lo que venga, ¡que hagamos a él la misma promesa!