DIVERSIDAD Y UNIDAD
DIVERSIDAD Y UNIDAD
Todas las palabras tienen significados y hay las que en muchos países de habla hispana, son consideradas palabras vulgares, mientras en otros países, las mismas palabras tienen otros sentidos y son consideradas palabras buenas. ¡Debemos tener cuidado con el uso de las palabras!
Con esto en mente, contemplemos la palabra “diversidad”. Esta es una palabra que está de moda en nuestro mundo actual. Sin embargo, “diversidad” puede ser buena o mala, según lo que describe. Actualmente, hay 193 países que son miembros de las Naciones Unidas. También hay 7,117 idiomas hablados alrededor del mundo. Ciertamente, nuestro mundo actual es “diverso”.
Ya que el Señor Jesús mandó a sus discípulos a ir y hacer discípulos a todas las naciones (Mateo 28:19), los convertidos de esas naciones distintas obviamente eran diversos. El libro de Apocalipsis nos informa de “una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas” (Apocalipsis 7:9). Estos son individuos salvados, clamando a gran voz: “La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero” (Apocalipsis 7:10). Note que esas personas de todo el mundo están hablando con una sola voz. Los convertidos a Cristo no permanecen diversos. ¡Nuestra meta en Cristo es “unidad” no “diversidad”! Este es el plan eterno de Dios de reunir a todos los elementos divergentes en el cielo y la tierra en Cristo (Efesios 1:10). En Cristo no hay judío ni griego, esclavo ni libre, hombre ni mujer. En Cristo, somos “uno” (Gálatas 3:28). Mientras los convertidos vienen de países distintos, como ovejas acercándose al pastor, cuanto más acercamos a Cristo, más nos acercamos unos a otros. Nuestra última meta es que todos “lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13). Cuando lleguemos a la “plenitud de Cristo”, no habrá diversidad. No solamente seremos “uno en Cristo”, sino también seremos “uno” con los demás.
El Señor Jesús dijo que el reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en el campo. Sin embargo, mientras los hombres dormían, el enemigo sembró cizaña entre el trigo. Esta diversidad es del diablo y no es buena. (Mateo 13:24-30; 36-43). Al explicar esta parábola, el Señor Jesús dijo: “El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo” (Mateo 13:38 y 39).
Por favor, note que “los hijos del malo” están en el mundo, no en la iglesia. La presencia del bien y del mal en el mundo continuará hasta que el Señor Jesús venga otra vez. Mientras estamos en el mundo, no podemos escapar de esta diversidad. Para escapar de ”los hijos del malo”, tendríamos que dejar el mundo (1 Corintios 5:10) Sin embargo, nuestro deseo de diversidad nunca debe permitir que el diablo ponga a sus
“hijos del malo” en la iglesia. ¡Claro! Todos empezamos como hijos del malo, porque todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Sin embargo, nadie será añadido a la iglesia de Dios sin arrepentirse y bautizarse (Hechos 2:38). Tenemos que nacer de nuevo para poder entrar al reino de Dios (Juan 3:5). El mentiroso tiene que dejar de mentir. El ladrón tiene que dejar de hurtar. Los convertidos a Cristo tenemos que abandonar toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia (Efesios 4:25-32). Todos nosotros podemos llegar a ser hijos de Dios por fe en Jesucristo (Gálatas 3:26). Tal como las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15:33), los pecadores no arrepentidos corrompen la iglesia. Por ejemplo, la iglesia en Corinto aceptó a un hijo del malo. Este hombre malo estaba teniendo relaciones sexuales con la mujer de su padre. Increíblemente, no sólo lo aceptaron, sino ellos se jactaban de ese pecado horrible (1 Corintios 5:2). Pablo advirtió que a menos que este mal sea removido, se extendería como levadura por toda la iglesia (1 Corintios 5:1-13).
Sin el arrepentimiento, es inevitable que “los malos hombres irán de mal en peor” (2 Timoteo 3:13). Las malas hierbas, si no son quitadas del huerto, se aapoderarán de él. Sin el arrepentimiento, los pecadores llegan a ser aun más malvados. David cometió adulterio, pero se arrepintió y nunca cometió adulterio otra vez (véase el Salmo 51). Por el contrario, los hombres de Benjamín cometieron adulterio y rehusaron arrepentirse. Esos hijos del malo, violaron a una mujer inocente toda la noche hasta que ella murió (Jueces 19:20-28). Cuando sus hermanos los reprendieron por este vil crimen, rehusaron arrepentirse (Jueces 20:12-14). Ellos aun organizaron un ejército para conservar su “derecho” de violar y matar. Tristemente, 25,000 benjamitas fueron muertos en un solo día (véase Jueces 20:17 – 21:25). No se debe permitir que hombres no arrepentidos como esos, sean miembros de la iglesia del Señor. ¡Todos de la iglesia deben sentirse seguros!
Como sabemos, Jesucristo vino al mundo para salvar a los pecadores (1 Timoteo 1:15). El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido (Lucas 19:10). Pablo estaba perdido y aun se describió como “el primero” de los pecadores (1 Timoteo 1:15). Él fue un ejemplo para probar que cualquiera puede ser salvo. Sin embargo, ser miembro de la iglesia requirió que Pablo cambiara. Tuvo que despojarse del viejo hombre que fue corrompido por deseos pecaminosos, y vestirse del nuevo hombre creado según Dios (Efesios 4:17-24). Pablo explicó: “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:20). La transformación de Pablo de su vida vieja de pecado a su nueva vida en Cristo es hermosamente simbolizada por el bautismo (Romanos 6:1-14).
Repetimos, nuestra meta no es diversidad, sino es completa y total unidad en Cristo. Esta unidad solamente puede ser alcanzada cuando nuestra vieja naturaleza pecaminosa muere y está reemplazada por Cristo. ¡Recuerde! Cristo en nosotros es la esperanza de gloria (Colosenses 1:27).
Quizás la palabra “sinergia” pueda ayudarnos a entender la unidad cristiana. La palabra “sinergia” literalmente significa “cooperación”. El diccionario de la Real Academia Española la define como “Acción de dos o más causas cuyo efecto es superior a la suma de los efectos individuales.” El Sr. R. Buckminister Fuller ilustra la palabra “sinergia” en su libro Sinéricos refiriéndose a la resistencia de tensión de cuatro metales distintos. (Resistencia de tensión se refiere a la tensión requerida para separar una pieza del metal.) La resistencia de tensión del hierro es 60,000 libras por pulgada cuadrada, del cromo es 70,000 libras por pulgada cuadrada, del níquel es 80,000 libras por pulgada cuadrada, y del carbón es 50,000 libras por pulgada cuadrada.
Si se hace una cadena de estos cuatro metales, la cadena se romperá en el eslabón hecho del metal más débil (él que está hecho del carbón). Si se hace un cable tejido de estos cuatro metales, el total de la resistencia de tensión sería 260,00o libras por pulgada cuadrada. Sin embargo, la sinergia requiere que los cuatro metales sean fundidos, resultando en la pérdida de identidad de cada metal. El resultado es una aleación que se llama “acero de cromo-níquel”. La resistencia de tensión de este nuevo metal es 350,000 libras por pulgada cuadrada, que es más que la suma matemática combinada de los cuatro metales. El acero cromo-níquel es un metal que es asombrosamente fuerte, sin el cual no existiría el motor a reacción. Cuando perdemos nuestra identidad y llegamos a ser uno en Cristo, podemos aprovechar de un poder que es mucho más abundante de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20).
Juan el Bautista es un buen ejemplo en que él estaba lleno del Espíritu Santo desde su nacimiento (Lucas 1:15). Recuerde, el Espíritu Santo no habla de sí mismo, sino glorifica al Señor Jesús (Juan 16:13-15). Así que Juan el Bautista no se enalteció, sino enalteció al Señor Jesús. ¡Esto es lo que todos nosotros debemos hacer! Juan dijo: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe (Juan 3:29 y 30). ¡Qué contraste hay entre Juan y Diótrefes! Ese hombre impío se puso a sí mismo en primer lugar y rehusó recibir a los hermanos (3 Juan, versículos 9 y 10).
Nunca se debe usar la diversidad como una excusa para el comportamiento que no da el honor a Cristo. ¡Recuerde! “Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo
cuando vivíais en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enoja, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos” (Colosenses 3:5-11).