DIOS ES NUESTRO PADRE
DIOS ES NUESTRO PADRE
Cuando los discípulos querían saber cómo orar, el Señor Jesús les enseñó a orar a Dios como si fuera su padre (Lucas 11:1 ss). Señaló que los padres terrenales, que son malos, dan buenas dádivas, y razonó que nuestro Padre celestial daría dádivas aún mejores. En esa época, eso era un bombazo teológico. El pueblo judío nunca pensó que Dios era su Padre personal. Él fue considerado como el Padre de la nación (Deuteronomio 32:6) y el Padre del rey (1 Crónicas 17:13). Pero Dios nunca fue considerado como un Padre personal. En sus mentes, él era tan alto y apartado que solamente se le podía acercar por medio de un mediador o sacerdote. El pueblo judío veía a Dios como el dador de la ley en el monte Sinaí. Como sabemos, había límites alrededor de ese monte y cualquier persona o animal que cruzara los límites, sería apedreado o asaeteado (Éxodo 19:12 y 13). Moisés podía subir al monte, pero no cualquier hombre. ¡La idea de que Dios era un Padre amoroso, no entró en las mentes de los judíos!
La palabra hebrea para padre es ab. Se encuentra 1,295 en las Escrituras del Antiguo Testamento, pero solamente 15 veces se refiere a Dios (13 veces como un epíteto y 2 veces directamente en oración). Recuerde que el pueblo hebreo tenía tanto miedo de Dios que ni trató de pronunciar su nombre por temor de decirlo en vano. Nunca pensó orar a Dios como padre.
Llamar a Dios “Abba” o “Papá” fue aun más ofensivo para el judío. El Nuevo Diccionario Internacional de Teología del Nuevo Testamento afirma: En ningún lugar en toda la literatura devocional producida por el judaísmo antiguo se encuentra el uso de la palabra “abba” como una forma de dirigirse a Dios (Volumen 1, página 614). No obstante, esta es precisamente la manera en que el Señor Jesús oró (Marcos 14:36), y también es la manera que se enseña a los cristianos a orar (Romanos 8:15; Gálatas 4:6).
Pensar en Dios como nuestro Padre nos ayuda a enfocarnos en la diferencia dramática entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. En los días del Antiguo Testamento, solamente el sumo sacerdote podía acercarse a Dios, y aun bajo las más rígidas y más limitadas circunstancias. Muchas de esas limitaciones se encuentran en Levítico, capítulo 16. Como sabemos, el sumo sacerdote pudo acercarse a Dios solamente un día cada año. Ese día especial se llamaba “el día de la expiación”. Si no estaba adecuadamente vestido, o si no seguía las rituales sagradas, moría. Debe haber sido una experiencia aterradora para el sumo sacerdote el entrar a la presencia de Dios. Al contrario, nosotros los cristianos podemos entrar confiadamente a la presencia de Dios en cualquier momento (Hebreos 10:19 ss). La sangre del Señor Jesucristo, y el Espíritu de su Hijo que Dios envió a nuestros corazones, clama: “¡Abba, Padre!” (Gálatas 4:6). Ya no somos esclavos, sino somos hijos.
Tenemos un padre terrenal porque él plantó simiente terrenal en el útero terrenal de nuestra madre terrenal. Esta simiente terrenal contenía el ADN de nuestro padre terrenal y nos proveyó una “imagen” terrenal de él (1 Corintios 15:49). Como sabemos, hay un gran abismo entre la carne y el espíritu. La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, y tampoco la corrupción puede heredar la incorrupción (1 Corintios 15:50). ¡Por eso, tenemos que nacer de nuevo!
Los cristianos somos nacidos de nuevo, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23). La Palabra de Dios no es física, sino espiritual. El Señor Jesús dijo que las palabras que él habló eran “espíritu” y “vida” (Juan 6:63). Tal como hemos recibido vida terrenal de simiente terrenal, podemos recibir vida espiritual de simiente espiritual (Juan 3:6). Tal como la simiente terrenal nos provee una imagen terrenal de nuestro padre terrenal, la simiente espiritual nos provee una imagen espiritual de nuestro Padre espiritual. Nuestra naturaleza es cambiada porque la simiente de Dios permanece en nosotros (1 Juan 3:9). El cambio es tan drástico que a los cristianos se les llama “nuevas criaturas” (2 Corintios 5:17).
Las enseñanzas de la Biblia acerca de la paternidad de Dios son de valor especial para mantener la unidad creada por el Espíritu. Por ejemplo, Filemón fue un cristiano en Colosas. Onésimo era su esclavo que se escapó a Roma. Cuando él “nació de nuevo”. automáticamente llegó a ser hermano del hombre que defraudó. No obstante, la unidad que experimentaron era un poco frágil, y tuvieron que ser “solícitos en guardar la unidad del Espíritu” (Efesios 4:3). Esos dos hermanos de la familia de Dios estaban separados por muchos kilómetros y muchos otros obstáculos. La carta de Pablo a Filemón es un amable recordatorio que nuestra hermandad en Cristo es más importante que cualquier obstáculo que nos separe. Dios tiene hijos de todo linaje y lengua y pueblo y nación. Sus hijos son ricos y pobres y se encuentran en todos los estratos de la sociedad. No obstante, siendo Dios nuestro Padre, somos hermanos. Si el Señor Jesús no se avergüenza de llamarnos hermanos, tampoco nosotros debemos avergonzarnos de llamarles hermanos.
“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas” (Mateo 6:9-15).